Un bajel a lo lejos entre los grandes navíos desaparece,

ha zarpado a tempranas horas antes del alba,

con varios pescadores para iniciar la jornada.

En medio del mar, la tempestad se acerca,

las olas rastrillan espumas, los peces hacen el transbordo,

los cánticos de las sirenas han mutado en llanto.

El sol del mediodía ha lacerado sus ojos,

sólo claman el pronto regreso a casa,

la suave brisa golpea la popa, mas sus pálidos rostros

se iluminan al divisar a sus vástagos.

Las gaviotas graznan impávidas

al ver partir a una cóncava nave,

su destino es incierto, con el mal aguardando

en el vórtice del averno.

      El poema describe a una mujer cuencana que día a día teje sus recuerdos en el vaivén de sus dedos y que una vez culminado su trabajo se dispone a vender su historia investida en un sombrero de paja de gran valor y esencia aurática.

La tejedora  

  Ahí...en su lugar cotidiano

inclinada su frente

sus ojos ávidos

y sus dedos cual aspas del viento

se agitan a ritmo cadencioso

entre las pajas de la fresca toquilla.

Está Ella...

Mientras teje en un silente placer,

piensa en el pan que proporciona el hacer.

Tejedora sin igual,

tus sombreros hechos con fibras de delicado amor

cubren del candente sol

rostros pálidos y tiernos,

rostros de infantes

 semblantes lacerados

por el tiempo y por los años.

 

 

     El inicio es el punto

la convergencia nos lleva a las líneas

las líneas a la geometría

   estructuras, organismos mecanismos

inician su control en el lugar de origen

distintos lares, infernales, abismales

se disipan. un letargo, un sueño, me

despierto con la luz que ingresa por la ventana.